Me levanto en medio de la oscuridad. Laura me descubre por el ruido que hago al retirar mi peso del colchón y la vibración que genera la sacudida. También ella, sin darse cuenta ha aprendido a reconocer los signos entre las tinieblas. Laura goza además de un privilegio especial: yo no enciendo la luz para elegir mi ropa.
Al abrir la puerta me encuentro con Azúcar, quien maúlla para saludarme, así ubica su posición y evita que yo la atropelle, también me dice que tiene hambre. Bajo las escaleras como lo hacen los marineros expertos: de frente y sin apoyarse. En la cocina tomo el concentrado y sirvo un puñado en uno de los platos plásticos de Azúcar, luego procedo a lavar la loza. Mi hermano decía que yo era un excelente lavador de platos, porque mi tacto permitía identificar todos los pegotes y mugres adheridos. En realidad, era un truco suyo para convencerme de que mi talento no debería desperdiciarse y de paso, evadir su responsabilidad. Se trataba de un negocio parecido al que los sultanes acaudalados le proponían a los músicos ciegos para que ambientaran con bellas melodías sus coitos con sus esposas y concubinas.
Preparo el desayuno. Bato los huevos con los dedos y los pongo sobre una delgada capa de aceite frío que comienza a calentarse a partir del momento en que enciendo la estufa eléctrica, pues le tengo miedo a la de gas. También le tengo miedo al aceite caliente porque una vez estuve a punto de incendiar el apartamento donde vivíamos en el Centro. Sé en qué momento está lista la tortilla por el olor que escapa del sartén. Entonces apago la estufa para que el calor acumulado termine de cuajar los huevos. Pongo los panes en el microondas y lo activo marcando el número en el tablero, guiándome con los puntos de vitraplomo, sustancia que sirve para hacer vitrales, que Laura puso allí.
A Laura la conocí la noche del 21 de agosto de 2003 en la Biblioteca Central de la Universidad Nacional. Andrés Romero, mi compañero de tesis, se había ido una hora antes mientras yo permanecía absorto escribiendo en Braille. De repente, me sobresaltó un silencio sospechoso: aunque las bibliotecas son silenciosas, al estar vacías se vuelven frías y, además, desaparece el murmullo de las hojas que se mueven y todo aquello que es indispensable susurrar. Toqué el reloj: marcaba 10 minutos más tarde de la hora del cierre de la biblioteca. Salí de mi escondite y oí la voz de uno de los vigilantes: “¿Quién está por aquí?”. Respondí de inmediato y él preguntó: “¿Qué hace ahí a oscuras?” “Es que no veo, entonces no necesito la luz”. Después me condujo hasta la puerta donde estaba el encargado del maletero con mi morral en la mano y me preguntó con un tono áspero: “¿Esto es suyo?”. Luego quiso saber hacia dónde me dirigía y como tomaba un rumbo distinto al de él, la llamó a ella, que salía de la sala de Medicina, donde acababa de liberarse de los estudiantes a los que se les ocurría fotocopiar un libro de 400 páginas cinco minutos antes del cierre de la sala. Seguramente por eso venía tan seria, porque la primera pregunta que me dirigió fue “¿Qué hacía hasta tan tarde en la biblioteca?”. Le hablé de mi tesis (un método de investigación en Ciencias Sociales que se apoya menos en la vista y el oído y que tiene en cuenta el tacto, el gusto, el olfato y el equilibrio). Al saber de qué se trataba, lanzó la afirmación que nos uniría en adelante: “Ese problema de los sentidos está relacionado con el problema de la imagen en Occidente”. Así llegamos hasta la carrera 30 donde me encontré con un amigo que empezó a contarnos una serie de bobadas que a la larga la aburrieron. Ella se despidió y entonces, como un acto desesperado, le pregunté cómo se llamaba y cómo podría localizarla. Supe que se llamaba Laura y que podía encontrarla en la sala de Medicina. Al día siguiente fui a buscarla… el 9 de septiembre nos dimos el primer beso, gracias a que ella tuvo la gentileza de decirme que me había pensado mucho, quebrando mi timidez.
Andando a ciegas
Al salir de mi casa bajo cuatro hileras de escaleras y paso junto al poste de la luz que me indica que estoy llegando a la calle, que ahora tiene ínfulas de avenida, pues hace poco la pavimentaron para que las ambulancias que van hacia el Hospital de Engativá fluyan con más rapidez. Esta agilización del tránsito hace que yo espere algunos minutos, hasta que alguno de mis vecinos o de los empleados de la tienda, o del supermercado cerca de allí me de una mano. Una vez superada la calle-avenida, recorro el andén opuesto, esquivando las puertas de los comercios recién abiertos, una mesa con sombrilla que el vendedor de tamales de la esquina ubica todos los días, a veces lejos, a veces cerca de la pared. Hoy es 14, los carros se parquean, como Dios se los permite, frente a un templo sucursal del Señor de los Milagros de Buga que está ubicado en el Bachué II.
Dejo atrás la iglesia y me interno en un camino que atraviesa el potrero; terror de mis padres y parientes, quienes saben que por ahí debo regresar a eso de las nueve o más de la noche. Los potreros tienen muy mala reputación, pues se supone que en ellos se atraca, se mata y se viola, aunque a mí se me ocurre que es más correcto decir que las evidencias de estos delitos se encuentran en los potreros, que afirmar que ocurren allí.
Recuerdo que una vez iban a atracarme: fue en abril de 2001 cuando pusieron una bomba sobre el puente de la calle 53 y evacuaron la Universidad Nacional. Me fui caminando con una amiga por la calle 26, huyendo de la carrera 30 que se había congestionado y se nos ocurrió la pésima idea de sentarnos a almorzar al frente del Cementerio Central. Allí nos abordó una mujer a la que yo confundí con un hombre, porque su voz sonaba como la de Poncho Rentería. Primero nos pidió comida, le dimos. Después preguntó si teníamos más y le regalamos un bocadillo de guayaba que engulló como una anaconda. Luego se fue y regresó diciendo que le diéramos plata, estaba desesperada porque necesitaba droga con urgencia. Con una serenidad pedagógica le dije que no teníamos, que por eso andábamos a pie y que cayera en cuenta de que ya le habíamos dado comida. Ella insistió y pidió entonces que a falta de plata, se conformaba con un relojito y yo le mostré abierto mi reloj Braille al que se le levanta la tapa y le dije: “No, por esto no le dan nada, ¿No ve que se desbarata?”. Entonces ella renunció y se alejó. Mi amiga me contó que había estado amenazándonos con un vidrio de botella, y un miedo, con acción retardada, me invadió. En otras ocasiones han atracado a quien va a mi lado, pero es como si asumieran que yo no llevo nada de valor, o que quizás soy medio bobo y no voy a entender la pregunta que me hagan.
Existen amenazas más reales en el potrero: seis charcos de los que me puedo defender porque siempre se forman en el mismo lugar, y teniendo en cuenta qué tanto ha llovido la noche anterior, sospecho lo ancho y lo profundo. Para eso sirve el bastón: instrumento sofisticadísimo con el que uno puede saber qué tanto se le hundiría a uno el pie si metiera -literalmente- la pata, y si el barro aguanta que uno lo pise. Sin embargo, siempre hay alguien muy solidario que grita desde lejos y con angustia “¡Cuidado con el charco!”
En ese camino y en todas las rutas, encuentro un mundo nuevo escondido en la vida de quien me acompaña a cruzar una calle, en quien me ayuda a ubicar el bus que necesito o a caminar más rápido de un punto a otro. A veces me preguntan acerca de cómo perdí la vista, sobre cómo hago para saber hacia dónde voy y dicen expresiones de admiración, porque casi todo el mundo está convencido de que al perderse la vista se desarrollan más los otros sentidos o de que ‘Dios sabe cómo hace sus cosas’. Tampoco falta el cristiano que me invita a su iglesia para que me cure, o me saquen el demonio de la ceguera que muy seguramente se me metió porque mis padres cometieron algún pecado abominable. Existe por otra parte quien me ha dado limosna porque se le ocurrió, aunque yo esté vestido de paño. Y existen también las busetas que no me paran, porque sus conductores están convencidos de que no me transporto, ni tengo afán, sino que necesito hacerme ‘lo del diario’.
Si quisiera hacer dinero a costillas, o mejor, a ojos de la ceguera, me sacaría mis prótesis oculares y montaría un circo o una secta. El estudio de mercadeo ya está hecho, pues en mis días de colegio solía sacarme los ojos para asustar a mis inocentes compañeros de clase. Afortunadamente, nunca nadie se murió de paro cardíaco. Recuerdo dos anécdotas memorables: la primera ocurrió el día que llegamos con mis amigos al colegio, agotados después de una larga caminata y fraguamos un plan para entrar lo más rápido posible a almorzar. A la entrada del comedor el prefecto de disciplina le daba paso a la fila más ordenada y silenciosa, luego desaparecía por un momento en el interior del edificio para acomodar a quienes acababan de ingresar. En una de esas desapariciones asesté mi golpe mortal: me saqué los ojos y se los mostré a los que luchaban por enderezar sus respectivas filas. La desbandada fue monumental y, en medio de la revoltura y el caos, permaneció mi fila impecable, ahí estaban mis amigos, bien informados sobre mi acción de competencia desleal, parecían una luna llena en medio de la noche despejada. Cuando asomó el prefecto, no dudó un sólo instante.
En otra ocasión, nos encargaron a un amigo y a mí que vigiláramos la enfermería del colegio mientras la enfermera iba a almorzar. Un grupo de niños de primaria se dedicó a forcejear en la puerta para entrar y corretear por los corredores del espacio que nos pidieron defender, así que me pareció que una sacadita de mis ojos espantaría a los invasores. Grave error, lejos de asustarse, a los niños les pareció la cosa más fantástica jamás contemplada y, tras una breve ausencia, regresaron acompañados de por lo menos cincuenta niños más que clamaban exacerbados: “¡Que se saque los ojos! ¡Que se los saque!”. Fue en ese momento, ante nuestro fracaso militar, cuando decidimos sacar provecho económico de la situación, de modo que mi amigo hacía guardia a la entrada de la enfermería dejando pasar un solo niño a la vez, y yo hacía mi exhibición en privado. Por cada sacada de ojo cobrábamos $100 y así amasamos $5000 en hora y media. Además, evitamos las secuelas psicológicas que deja la contemplación del abismo ocular en las víctimas, pues les advertíamos que no trataran de hacer lo mismo en casa, ni con sus hermanitos menores, ya que este era un trabajo hecho por expertos y por eso teníamos el monopolio. Además, cobrar garantizaba que nadie entraba a la enfermería contra su voluntad.
“Mirar y no tocar, se llama respetar”
En la estación de Transmilenio un auxiliar de policía me pregunta hacia dónde voy y, mientras espero la ruta, el joven me cuenta de su cansancio, de cuántos meses, días y horas le faltan para terminar el servicio militar, de la carrera que quiere estudiar, de un pariente ciego y de las niñas bonitas que pasan siempre a las seis para trabajar en el Centro Comercial Portal 80; de una en particular, que pasa con su morral a cuestas y aunque él le dice los más bellos piropos ella nunca lo voltea a mirar.
Momentos como estos son los que me hacen pensar que la Policía y Transmilenio me deben una fortuna representada en todas las sesiones gratis de psicoanálisis que he realizado con sus funcionarios. Aunque también es importante decir que mi interés por el psicoanálisis surgió de momentos como estos, porque tantas historias que me han contado en las busetas, tanto corazón abierto mientras se cruza una calle, parece estar asociado a que a las personas les queda más fácil hablar de ellas mismas cuando saben que su interlocutor no las puede ver.
Al llegar, un auxiliar me ayuda a cruzar la Caracas y la calle 72. Camino por un andén amplio y despejado, en el que varios vendedores se acomodan con sus chazas y me saludan al pasar. Luego debo cruzar la carrera 13, en donde alguien llega a ayudarme. En el corto trayecto que hay de una acera a otra, alcanza a decirme: “Es que la gente no sirve para nada, lo ven a usted parado ahí y nadie se acomide a ayudarlo”. “Pero usted es gente”, le respondo, y la verdad es que siempre aparece alguien que ayude a cruzar una calle, a ubicar una dirección, a coger una buseta.
En la Universidad Pedagógica una de mis estudiantes me llama y me acompaña hasta el lugar donde nos reunimos para asesorar los proyectos de investigación. Mis estudiantes son siete, y las reconozco a todas por sus voces, pero además por sus personalidades: la que cuando habla, parece que su cerebro pensara a una velocidad mucho mayor que la de su boca; la buena escritora; la brava; la bonita; la de 31 años, madre, que se encarga de tranquilizar y animar a las otras; la casada, que sólo habla para darle reposo a las discusiones agitadas, y la que siempre tiene en su mente un proyecto para cuando se gradúe.
También con mis estudiantes nos encontramos una vez por semana en la UPA (Unidad Primaria de Atención) de El Limonar, en Ciudad Bolívar, para trabajar con quienes cuidan a niños en situación de discapacidad, ya sean sus hijos o sus nietos. Allí, en Ciudad Bolívar, entre los aromas de frutas, cilantro y cebolla que me sirven de guía, he tenido unos combates formidables contra esos perros de montaña, que son capaces de perseguir a su presa cuesta arriba, a través de hileras agotadoras de escaleras. Al comienzo, es un perro el que ladra cuando se siente amenazado por mi bastón metálico que golpea el piso. Al pasar frente a él finjo que no me importa, pero luego aparecen más perros que ladran al unísono, mientras me siguen y se envalentonan, esperando el momento para lanzar el mordisco tobillero. Entonces, yo me volteo y lanzo un zarpazo de bastón al aire que los hace retroceder, hasta que la jauría se va dispersando y oigo los últimos ladridos quedándose a lo lejos. De hecho, una de las primeras lecciones que recibí para aprender a manejar el bastón fue no caminar tan cerca de la pared, porque un hocico podría asomarse por en medio de una reja y pegar un buen mordisco.
Además de mis clases en la universidad, trabajo con el Museo del Oro, donde hago parte de un equipo que originalmente buscaba el acceso de personas con limitación visual a las colecciones del Museo y que ha generado espacios que tienen en cuenta el uso de todos los sentidos de la percepción y, en consecuencia, le sirven a cualquier persona. La propuesta es que los guías tengan un discurso embrujador, que le permita a cualquier visitante -sin necesidad de ver-, imaginar los usos cotidianos de los objetos exhibidos y pueda tocar un grupo de reproducciones repujadas en papel aluminio, para que todos estén dispuestos a romper aquello de “mirar y no tocar, se llama respetar”.
También tengo una oficina en la 26 con Caracas donde presto asesorías en temas de Salud Pública, en asuntos relacionados con la situación de discapacidad y, donde aspiro a desarrollar obras de arte que se puedan comprender a través de todos los sentidos de la percepción. En esta oficina se reúne la Asociación Interuniversitaria de Personas con Limitación Visual, Eskopia, y en un futuro cercano espero instalar allí, lo que he llamado la Sensoroteca.
Esta Sensoroteca tiene la estructura de una biblioteca, pero en lugar de libros alberga objetos para tocar, ver, oír, oler y degustar, con ellos efectuaríamos actividades educativas, artísticas, de análisis de la sociedad, de desarrollo tecnológico y de aplicación en el campo de la salud.
Así transcurre mi día y, al final, cuando la noche cubre el potrero, regreso a mi casa. A la derecha del camino hay una especie de cantina y a medida que me acerco escucho unas voces que dicen: “Pobre tipo”, “¿Para dónde irá?”, “Oiga, invítelo a una gaseosa.” Al pasar frente a la mesa, uno de ellos alzó la voz y me dijo “¿Quiere una gaseosa?”, a lo que respondí: “¿Ustedes están tomando cerveza y a mí me van a invitar a gaseosa?”.
Así, me tomé cuatro cervezas que entraron casi directamente a mi sangre, pues a las siete de la noche y habiendo almorzado a mediodía, estaba casi en ayunas. Después de discutir sobre varios temas incluido el de la existencia de Dios y algunos aspectos de mi vida y la de ellos, los paré en seco y les dije: “Oigan, me voy, porque cuando llegué no veía un culo, ahora estoy viendo borroso y si sigo aquí con ustedes, acabaré viendo doble, que puede ser bueno, pero yo no estoy acostumbrado a eso.”
Crucé la avenida-calle con una valentía y decisión inusuales hasta que frené en seco porque oí una voz a lo lejos que me decía: “¡Oiga vecino! ¡Se le quedó el bastón!”. En ese momento pensé que borracho camino mejor y comprendí por qué algunas esposas le dicen a sus maridos “¡Siga tomando y verá!”
Minutos después llegué a mi casa y me acosté a dormir, seguro de que el nuevo día vendría sin rutina, porque viéndolo bien siempre las cosas cambian: en la noche la tapa de una alcantarilla puede desaparecer, el potrero puede inundarse, nacen más perros en Ciudad Bolívar, rotan al personal de Transmilenio, descubro un nuevo objeto para mi Sensoroteca… y yo debo estar atento a los cambios para llegar a donde voy.
Mi autobiografía ¿Superación?
Cuando uno tiene dos años y medio y pierde la vista, no puede decir si va a ser Antropólogo, si va a estudiar una Maestría en Economía, si estudiará en un colegio donde será el único estudiante ciego o mejor dicho, el único verdadero alumno es decir, el que de verdad no tenía luz. Cuando tienes dos años y medio y pierdes la vista, alguien debe tomar las decisiones acerca de tu futuro y le dará rumbo a tu vida.
En mi caso fueron mis padres los artífices de estos resultados: a los dos meses de nacido fue necesario que me quitaran el ojo izquierdo para evitar que los tumores que allí se formaron se extendieran hacia otras partes del cuerpo, especialmente al cerebro. Mientras tanto, en el ojo derecho comenzaron a aparecer los tumores que eran combatidos con rayo láser y quimioterapia, y que resurgían algunas semanas más tarde. Así transcurrieron dos años. En este tiempo viví con mi familia en Nueva York para poder recibir tratamiento oncológico; mis padres y hermanos se esforzaron en mostrarme la mayor cantidad de objetos y paisajes posible para regalarle recuerdos visuales a mi memoria.
Al perder el segundo ojo, dejé de reconocer el día y la noche, en consecuencia, dormía durante las horas de luz y me despertaba con la caída del sol, con la energía característica de los niños de dos años. La solución fue sencilla: mi madre me mantenía despierto un poco más cada vez para devolver al día y a la noche a su lugar en mi cabeza, y lo hacía poniéndome a escuchar cuentos grabados en casete. Cada cuento generaba preguntas que ella respondía mientras dormitaba a mi lado; algunas eran difíciles como por ejemplo: ¿qué es una aventura? o ¿dónde queda la isla de Creta? Porque yo quería saber si al Minotauro sentía calor o no en el laberinto.
Estas preguntas nos llevaban a leer muchos libros relacionados con el cosmos, los animales, la historia, la literatura y hasta la medicina, que permitieron que yo entrara al colegio Emilio Valenzuela, donde fui por doce años (desde transición hasta grado once) el único estudiante ciego. Por esa ruta entré a la Universidad Nacional a estudiar Antropología y posteriormente, inicié la Maestría en Economía en la misma universidad y que espero culminar en el 2009 cuando cumpla 27 años.
Ahora soy profesor en la Universidad Pedagógica Nacional y me dedico a prestar asesorías en temas de salud pública, educación y acerca de la discapacidad. Es curioso, pero la mayoría de trabajos que he tenido están ligados con la salud, parece que esto tiene que ver con la larga relación que tuve con los médicos cuando era niño, paradójicamente me generó un gusto especial por la medicina. Este gusto, que no he descartado asumir seriamente, me hace soñar con el momento de decirle a un paciente: “Su diagnóstico es reservado, pero no se preocupe, amanecerá y veremos”.